Era un beso, nunca, nunca dado,
a una mejilla perfecta y exquisita,
de un joven que estaba enamorado,
de una gentil y grácil señorita,
y sucedio de pronto,
y sucedió que un día
el beso jamás dado,
alcanzó a besar el rostro que quería,
huyendo para siempre de mi lado,
dejándome tan solo en agonía.
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